Rumbo a Chile

 




En aquel viaje a Chile, descubrí una parte de mi que nunca antes había conocido. Era un mochilero en busca de aventuras y descubrimientos, listo para dejarme llevar por lo que el destino tenía preparado para mí. Y vaya que no me decepcionó.Hoy quiero compartir con ustedes mi experiencia de viaje en el 2006, cuando visité Perú por primera vez y tuve la oportunidad de explorar la ruta de "Donde los cóndores llegan al mar".

Comencé mi viaje en Tumbes, donde me sorprendió la belleza de sus playas y la amabilidad de su gente. Luego, me dirigí a Máncora, donde pude disfrutar de la tranquilidad del mar y el sol. Después, visité Los Órganos y me maravillé con sus espectaculares paisajes y sus aguas cristalinas.

Más tarde, llegué a Piura, de donde partimos hacia Chiclayo, ahí me impresionó al salir del bus en Chiclayo a las 6 de la mañana que una brisa fría sopló sobre mi piel y me sorprendió con una sensación desconocida. En un país tropical, Ecuador, nunca antes había sentido un frío así en una ciudad costera, me sorprendió en sobre manera jejeje.

El sol estaba brillando, pero parecía un sol diferente, como si fuera un sol híbrido entre el invierno y entre el verano. Había estación desconocida para mí, y no lo sabía, en el bus nunca me imaginé que debía abrigarme o al menos no viajar con ropa tan tropical y ligera jajaja fue un goce. Miré a mi alrededor y vi a la gente caminando con chaquetas y gorros, mientras yo solo llevaba una camiseta y pantalones cortos.

A medida que avanzaba por la ciudad, me daba cuenta de que el clima era un tema recurrente entre los lugareños. Me explicaron que era la época de transición entre el invierno y el verano, y que el clima era impredecible. No sabía cómo había pasado desapercibido este detalle en mi planificación de viaje, pero estaba emocionado de experimentar una estación tan diferente.




A medida que el sol se elevaba en el cielo, la brisa fría se fue disipando, pero el clima seguía siendo fresco en comparación a lo que estaba acostumbrado. Aprendí con una suerte de clima aún benévolo, solamente un poco fresco, que debía estar preparado para cualquier clima en esta ruta de viaje, errores que se convierten en una aventura, ni tan emocionante, un tanto de sorpresa, pero si no era así, no se vuelven esos memorables recuerdos, a veces pasan desapercibidos de no ser tan sorpresivos o que causan algún tipo de molestia, en este caso sentir ese frío mañanero, ustedes lectores me darán la razón, detalles que pasan desapercibidos y molestias, penurias y altercados hacen que detalles de un viaje sean recordados y no pasen al olvido, siempre creo que es así. Al llegar el bus a Lima, el contraste entre las dunas de arena y nuestro tropical país, hacía una impresión grande y memorable, yo aún iba dormido. Se sorprendió al ver tantas dunas de arena alrededor de la ciudad. Me contó que se quedó impresionado por la cantidad de arena y lo árida que se veía la zona. A pesar de que trató de despertarme para que viera lo mismo, yo no reaccioné y me perdí de esa vista espectacular. Sin embargo, me desperté a medida que avanzaba por los barrios más alejados de Lima, el bus comenzó a adentrarse poco a poco en la ciudad y el desierto entre las casas de estera o cartones, sin techo al no conocer esa gente la lluvia, era para nosotros una experiencia totalmente nueva y tan diferente a la realidad que estábamos acostumbrados en un país tan tropical, aunque ecuatorial, no tanto como lo es Colombia y ya iremos a ese post jeje. En estos barrios cada vez más limeños, en lugar de ver solo dunas de arena, comenzó a verse una ciudad rodeada de un paisaje árido de polvo y un caótico trajinar de gente, que como hormiguitas, que se movían de su casa a sus trabajos quizá, gente que parecía no iba a tener descanso en una ciudad de casi la misma población que todo el país de donde procedíamos. Una ciudad enorme, esa tremenda cantidad de personas, de los edificios unos pequeños y de ladrillo sin terminar, otros altos un poco más terminados, otros sucios, en otros quizá el personal limpiándolos, esto cuando ya la cantidad de vehículos en las calles abrumaron, en un tráfico cada vez más y más caótico, pero al mismo tiempo, generaban una emoción de conocer una ciudad y una realidad contrastante y un poco más como mediterránea, para lo ecuatorial. Se pudo apreciar la belleza única de la ciudad, con sus contrastes y su mezcla de culturas y migraciones. A pesar de que la ciudad era caótica y agitada, se logró apreciar lo hermoso y lo vibrante de la misma, escondida entre el polvo del desierto y una suciedad que sin lluvia no se limpia sola como era lo habitual en nuestro contexto y no se necesitaría mayor presupuesto, en lugares que la lluvia es una herramienta de autolimpieza gratuita.





Nunca había estado en una metrópoli tan grande y llena de gente, y la sensación de estar en el desierto solo aumentaba la magnitud de la ciudad. Pero a medida que exploraba sus calles, me di cuenta de todas las maravillas que tenía por descubrir, lo que más me impactó fue conocer todas las maravillas arqueológicas de la ciudad, como el complejo arqueológico de Túcume. La arqueología y las antiguas culturas que llegaban a ese sector que ahora es Lima y antes era uno de peregrinación me dejó sin palabras. Desde el centro histórico, donde se encuentra

la Plaza de Armas, subimos al cerro San Cristobal, fuimos hasta el Mirador de Barranco, donde bajamos a conocer un frío Océano Pacífico bañado por la corriente fría de Humbolt.


Después de un par de semanas de recorrer todo lo que pudimos por Lima, tuvimos la oportunidad de explorar todos los lugares turísticos de la ciudad. Luego partimos rumbo a Cusco, donde continuaría el viaje rumbo a Chile. Les contaré que más que el impresionante complejo arqueológico de Machu Picchu hay algo mucho más majestuoso y muy poco recomendado, demasiado impresionante, las ruinas de la fortaleza de Sacsayhuamán...

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